martes, 12 de noviembre de 2013

Paulina


Paulina.

De las peores experiencias, fue la vivir en carne propia la furia del huracán Paulina,  diferentes fuentes coinciden es describir el fenómeno como un huracán que tocó tierra en el sur de nuestro país a principios de octubre de 1997 siendo uno de los más mortíferos, destructivos y costosos  durante la segunda mitad del siglo XX. Paulina fue la decimosexta tormenta tropical, octavo huracán y el séptimo huracán mayor que se formó en la temporada de huracanes en el pacífico sur en 1997. Fue el tercero más intenso de dicha temporada.
Paulina se originó de una onda tropical el 5 de octubre a 410 km al sur-suroeste de Huatulco, Oaxaca. Inicialmente tuvo un desplazamiento con dirección hacia el este, pero luego giró hacia el nornoroeste. Durante el día 7 de octubre, Paulina registró su máxima intensidad alcanzando la categoría 4 en la  escala de Saffir-Simpson  con vientos de 215 km/h y rachas de hasta 240 km/h. Para la tarde del día 8, tocó tierra en Puerto Ángel, provocando serias afectaciones en la costa de ese estado. La madrugada del  9 de octubre, se internó en el estado de  Guerrero dejando al puerto de Acapulco prácticamente devastado. Paulina se disiparía en las primeras horas del día 10 en el estado de Jalisco.
Paulina produjo una torrencial precipitación récord de 411.2 mm acumulados en menos de 24 horas.  Las inundaciones, crecientes de los ríos y deslaves afectaron severamente una de las regiones más pobres de México dejando entre 230 a 400 personas muertas. Cerca de 300 000 personas quedaron sin hogar y se registraron daños por $ 7,5 mil millones  de  USD, 80 mil millones de pesos , $9,3 mil millones (2006 USD), lo que lo coloca en el décimo puesto de los desastres naturales más devastadores de México. Así han quedado asentados los datos históricos de Paulina en diferentes medios.

Recientemente había invitado a mi cuñado Víctor a integrar la banda de guerra del CBTis núm. 231, en donde fungía como director, vivíamos en la planta alta de la casa en Puerto Ángel, y diariamente viajábamos a Santa María Huatulco. El día anterior al huracán estuve trabajando hasta muy tarde en el plantel, no sin antes emitir una alerta entre la comunidad escolar, informando sobre la peligrosidad del huracán que se aproximaba; aún más decidí suspender actividades de acuerdo con mis superiores. Por lo que dispuse llegáramos un poco tarde a trabajar, ya que no habría alumnos ni personal. Ese día martes 7 de octubre de 1997, amaneció muy nublado y el horizonte en el mar se apreciaba obscuro, se observaba también un oleaje alterado en la playa, aunque había una leve brisa marina.
Uno de los principales rasgos del raciocinio lo constituye el aprendizaje, sin duda como sociedad no habíamos aprendido de la naturaleza, no existían en la comunidad sistemas de alertas contra huracanes y otros fenómenos pronosticables, pensé que había sido muy precipitado suspender clases, sin embargo era evidente que se acercaba algo grande. En el Puerto ya nadie se acordaba de los efectos de un huracán, de hecho no existen registros cuando fue el último, algunas personas del pueblo refieren que hace 80 años toco tierra un fenómeno de estos, sin embargo nadie tomo las precauciones debidas a la falta de alertas y Paulina nos tomó por sorpresa a todos, incluyendo al personal de la Marina, quienes perdieron el 90% de sus pertenencias, ya que el cuartel se encuentra muy cercano a la playa principal.

La brisa marina tenue, muy rápidamente se fue convirtiendo en un viento que aumentaba de velocidad potencialmente. Me percaté de que las tapas de los tinacos volaron por los aires, y las palmeras empezaron a inclinarse levemente, no así las golondrinas del mar quienes parecían disfrutar de ese viento que cada vez se acrecentaba más.
Algunos vecinos que pasaban por la calle comentaban que este tipo de eventos son frecuentes y normales, tal vez un poco fuera de temporada, pues ya estábamos en octubre y la época de lluvias había terminado. Posiblemente el mayor error de muchas personas fue restarle importancia a un verdadero problema, se confiaron al grado que continuaron con sus tareas cotidianas, observé a niños jugando en la calle minutos antes de que llegara el huracán, señoras que realizaban sus actividades domésticas de manera indiferente.
Al medio día, entre bromas y chascarrillos, decidimos no salir, nos refugiamos en el interior,  un espacio que hacía las veces de sala. Aunque la casa es segura, pues está firmemente   construida de concreto, inclusive las puertas y ventanas son de caoba y guanacaste,   empezamos a sentir los efectos del viento y la fuerte briza marina, escuchamos ruidos muy intensos en el exterior, no tanto de las ramas que se desgarraban, más aún del propio huracán, que rugía como una bestia de aquellas que se describen en la mitología griega, llegó un momento en que no se escuchaba bien las palabras o mejor dicho los gritos de Víctor.
Conjuntamente con la intensidad de ruido, el cielo se fue ennegreciendo hasta quedar completamente obscuro, obviamente la energía eléctrica falló y solo quedo la sensación de que Víctor estaba cerca, porque podía tocarlo, ya que estábamos hombro a hombro empujando una de las ventanas que parecía se abriría por la fuerza del viento, no se trataba de una fuerza constante, hubo momentos con mucha intensidad, ráfagas que se estima llegaron a los 300 kph, una de esas ráfagas arrancó una de las puertas y se la llevó hecha pedazos.
Fue entonces cuando inició la verdadera incertidumbre y conocimos el color del miedo, pues los rugidos se hicieron aún más intensos sin la puerta, que nos había protegido durante los primeros momentos del embate. Rezamos aunque no teníamos el hábito, fueron muchas veces que repetimos el padre nuestro, cada vez diferente. Le pedí a Víctor que se pasara a la recámara adyacente,   que yo sostendría un momento más la ventana. Aunque en realidad nada podíamos hacer en ese espacio sin la puerta.
Era evidente que las cosas se complicaban, había mucha confusión y objetos pasaban volando muy cerca de nuestras cabezas. En ese momento, me llené de angustia al recordar que Dumbo no lo había visto en los últimos minutos, estaba seguro que el huracán lo había llevado al igual que la puerta, casi lloraba o mejor dicho llore de angustia pues jamás volvería a verlo, para esos momentos el ambiente en esa recámara era increíblemente cruel, sobrevolaban en la obscuridad una infinidad de objetos y el ruido era extremo.
Dumbo me había acompañado durante muchos años y fue un regalo especial, fue también  un buen perro, cruza de labrador y Bull terrier, amable, educado, protector y muy obediente. Aprendí a cuidarlo pues fue mi primera mascota, lo alimentaba muy bien y le proporcioné todas las vacunas y tratamientos sugeridos por el veterinario, muchas veces me acompaño al plantel en donde dormitaba tranquilamente bajo mi escritorio, mientras yo atendía asuntos propios de la dirección.
Cuando bajaba a hacer sus necesidades fisiológicas, los alumnos le llamaban por su nombre y le invitaban bocadillos y golosinas. Al parecer nunca ocasionó molestias,  ya que no recibí queja alguna y por el contrario, algunas personas se mostraban admiradas al ver como viajaba en mi auto en el asiento delantero.
Mientras la angustia me envolvía por el paradero de Dumbo, una fuerte ráfaga desprendió de una sola pieza la ventana, y me lanzó por los aires algunos metros para estrellarme contra la pared de enfrente, por unos instantes pensé que eran mis últimos momentos, el golpe fue muy fuerte y a pesar de ello no perdí la consciencia, ni tuve lesiones de gravedad. El ruido del desprendimiento de la ventana, mis gritos y el golpe de pared, hicieron que Víctor abriera la puerta de nuestro último refugio y me tomara de un pie, justamente cuando era arrastrado prácticamente hacia afuera. Aún confundido por el golpe, pude asirme al  marco de puerta y facilite el rescate, cerramos rápidamente, colocamos los seguros y empezamos a defender la ventana de ese dormitorio, con la misma técnica, hombro a hombro, empujar y rezar.
Por largos minutos nadie habló, las paredes se estremecían como si estuvieran bajo los efectos de un sismo de seis o siete grados, fue una sensación de total destrucción, ya no sentíamos los machucones en las manos, cuando las ventanas se abrían y cerraban a voluntad del huracán.
Las paredes en realidad se movían y crujían siniestramente, aún así la cama se mantenía en su lugar, sentimos mayor angustia porque la obscuridad era mayor, quizás ya habían pasado algunas horas, posiblemente serían las cinco de la tarde cuando una fuerte ráfaga, abrió completamente la ventana, rompió los seguros, nos lanzó al piso con mucha violencia,  la recamara se convirtió en un infierno, perdimos por completo el control, el colchón  giraba por la recamara al igual que otros muebles, considero fue el peor momento de esta historia.

 

 


 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
































 
 
 
 






Después de recuperarnos del golpe, retomamos nuevamente el control y cerramos la ventana, era muy notable el cansancio, sin embargo nos mantuvimos firmes ante los embates de Paulina. Sabíamos que después de esa ventana el refugio estaba destruido, el viento nos acabaría y sin duda pasaríamos a formar parte de las estadísticas de los 500 fallecidos aproximadamente.
Sin previo aviso, todo regresa a la calma, parecía el despertar de una pesadilla, inclusive se observó con claridad el sol, lucía muy resplandeciente. Motivo por el que decidimos abrir la famosa ventana y…efectivamente ahí estaba el sol, Víctor casi saltó de alegría al observar todo tranquilo, esa relativa calma nos permitió ver que a unos 400 metros aproximadamente la destrucción seguía, aunque ninguna persona se hacía notar, era obvio que paulina nos daba algunos instantes de tregua aparente.
Pudimos observar un tapiz natural de hojas verdes al interior de la casa, muy tupido y totalmente adherido al techo, paredes y piso. Nuestros cuerpos también llenos de hojas, mojados y un sabor a sal del mar. Toda el agua que inundaba la casa era del mar. También en completo desorden, nada absolutamente en su lugar, solo me refiero a la recamara que teníamos por refugio, no tuvimos tiempo de revisar otras partes, ya que descubrimos que estábamos en el ojo del huracán, que teníamos instantes para reacomodarnos y continuar la defensa. Así fue, casi de inmediato regresan los violentos embates de Paulina, ruidos estruendosos y obscuridad total.
Por fortuna después de pasar por el ojo del huracán, restaron al menos 45 minutos cuando regresó nuevamente la calma, tuvimos mucho miedo de salir, sabía perfectamente que un huracán no tiene una dirección definida, puede regresar sin previo aviso. Ya casi anochece cundo escuchamos que algunas personas a gritos me solicitan auxilio en la calle, son los vecinos que habían perdido por completo sus casas, venían llorando, jalando a sus hijos pequeños de la mano, muchos perdieron hasta la ropa que llevaban puesta, preguntaban también por parientes, amigos o conocidos que se habían extraviado, sin duda estaban desesperados por ayuda.
 Dejamos atrás los miedos y empezamos a brindarles el apoyo que requerían con urgencia, les conteste ¡abran el zaguán y pasen por favor! Aún entre la angustia sonrieron pues ya no había zaguán, algunos árboles y el bambú, bloqueaban la entrada, por lo que iniciamos el trabajo descombrando, por fortuna un señor traía consigo un machete. Parecía que también la calle se había perdido, casi ningún árbol quedó en pié, las palmeras que se consideran muy resistentes al viento, sucumbieron durante los primeros minutos.
Cuando algo malo sucede en nuestras vidas, es imprescindible aferrarnos a lo que sea para mantener el ánimo, a veces a los recuerdos si no hay más. Pero el motivo en este caso fue Dumbo, quien apareció debajo de algunos escombros, moviendo la cola corrió a lamerme la mano, me dio incontables vueltas y era muy notable su alegría, nos reencontramos y  pensé que casi nada estaba perdido, ahora a brindar la ayuda a estas personas. Aún temblando de miedo, con hambre, sed y frío pero vivos, que mayor motivación ante esta desastre y destrucción.
Del poste de la CFE, colgaba siniestramente el transformador,  un solo hilo lo detenía,  se mecía y el ruido que provocaba, infundía mayor temor, también entre las ramas se encontraban enredados los cables de energía eléctrica, naturalmente nadie se atrevió a comprobar si conducían corriente aún. Todos coincidimos en que lo urgente era encontrar refugio, nada importo el transformador en la calle.
Instalé a las 12 o 15 personas en las recamaras de la planta baja, los niños lloraban y una señora comento “los está chingando el hambre”, razón por la que subí a buscar algo de comida, encontramos un poco de leche en polvo y algunos pedazos de pan tostado, utilizamos agua de la cisterna pues Paulina se llevó casi todo, incluyendo los botellones de agua, quise al menos calentar el agua, pero el tanque de gas estaba desprendido, fue tan grande la fuerza de este fenómeno que el tanque voló por los aires prácticamente.
Esa noche, los niños tomaron la leche fría, no de buen gusto pues argumentaban tenía mal sabor, ¡no hay mas, la tomas o te chingas! Gritaba una señora. Fue imposible calentar algo, todo estaba mojado, no habían cerillos, encendedor, leña, papel, nada que sirviera para hacer una fogata. Por un momento pensé en ir a la tiendita, comprar al menos cerillos, galletas, agua, lo básico para pasar la noche, sin embargo la tiendita ya no existía mas, también se perdió por completo. Cuanto diéramos por un cafecito, insistía Víctor. Aunque deseábamos más comida que café, hacía frío. Se creó un ambiente de hermandad cada refugiado contaba su aventura con Paulina. Muchos perdieron todo lo que tenían, inclusive familiares que les arrebato el huracán.
Camine hacia la carretera con la esperanza de que alguien ayudara, quería compartir mis miedos y angustias con alguien, quería preguntar cómo están las cosas mas allá de mi casa, tal vez ayudar, sin embargo todo está completamente en silencio, curiosamente ni los grillos emitían su clásico canto, ni siquiera un perro, un gato, nada… todo desértico. Retrocedí y al llegar nuevamente a la casa, todos estaban contagiados nuevamente por el pavor, no sé quien inventó que regresaría el huracán, que mataría a todos, las mujeres lloraban al igual que los niños; les pedí calma, puede ser cierto que regrese pero nadie puede asegurarlo, ni siquiera había radio, teléfono, mucho menos internet, el celular no existía para nosotros, ni para la mayoría de mexicanos.
Entre la obscuridad iniciamos una reconstrucción del escondite, la planta baja la acondicionamos con pedazos de madera y algunos colchones mojados, nadie podía ocultar el miedo, yo insistía en que Paulina naturalmente sigue una trayectoria, no puede mantenerse estable en un solo lugar por mucho tiempo,  pero si reconocí que podría regresar, por lo que era necesario protegerse y mantenerse despiertos y tranquilos.
Ya en penumbras subí a la planta alta… tenía mucha hambre, recordé que un poco de leche en polvo había quedado dispersa, podría recogerse y preparar un buen vaso, sin importar la falta de azúcar ni el agua fría de la cisterna, así fue, una vez preparada empecé a saborearla ¡imposible! Eso no era leche, era  harina, con razón los niños se resistieron antes de  tomarla.
Fue imposible dormir esa noche, mucho miedo, todo húmedo, hambre, sed y una terrible pestilencia, pues debido a la incertidumbre del regreso de Paulina, defecaron los más valientes a escasos metros de la puerta, los demás adentro de la habitación. No resistí más y pase el resto de la noche en la terraza, dormitando por momentos hasta que el sol apareció levemente en el horizonte lejano.
 Desperté a Víctor y empezamos la limpieza y la búsqueda de alimentos y agua limpia, mientras las personas que hospedamos se retiraban buscando su destino entre los escombros que el huracán había dejado, sentí mucha tristeza por ellos, sin embargo nada podía hacer, si no restablecía primeramente mis necesidades, en estos casos hay que ayudar sin que duela, bajo la condicionante de que debes estar en condiciones de hacerlo, es decir debes procurar primero por ti y después ayudas, parece un buen principio de supervivencia.
El  Servicio Meteorológico refirió que “la cantidad exacta de muertes era desconocida. Un día después de la tormenta se confirmaron 123 muertos. Por otra parte, un reporte emitido por el Departamento de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas dio a conocer un total de 137 muertos a tres días de la tormenta. Cuatro días después del paso del huracán, un reporte de noticias de Reuters declaró que había 173 muertos con aproximadamente 200 desaparecidos, mientras el Gobierno Mexicano emitía un reporte de 149 muertos. Por su parte, reportes de los medios de comunicación indicaron que había una cifra de muertos de por lo menos 230 personas, mientras la Cruz Roja estimaba un total de 400 muertos y por lo menos 1900 desparecidos. El Servicio Mundial Eclesiástico estimó por lo menos 500 personas muertas”
En Puerto Ángel transcurridas muchas décadas, aún no se determina el número exacto de víctimas, parece que nunca se conocerán los datos exactos, muchas familias completas desaparecieron, principalmente las más humildes, quienes no tienen presencia en el complejo umbral de la supuesta sociedad, y no tuvieron una vivienda si no digna por lo menos resistente.
Después de sobrevivir a esta experiencia, reflexiono sobre la susceptibilidad que nos identifica a los seres humanos. ¿En realidad somos la especie más poderosa o la más susceptible del planeta? Parece que hace falta clarificar, aún más el concepto del poder del hombre en la tierra, sin duda este poder no siempre implica el dominio y la manipulación de las cosas, de la naturaleza, del prójimo.  Más aún considero que el poder del ser humano debería enfocarse en un primer plano hacia el control de sus impulsos internos,  de sus pensamientos,  de su intelectualidad y así  potenciar sus recursos hacia el respeto a todo lo que le rodea.
No existen palabras que describan el estar bajo el dominio de un monstruo como este, es muy cierto que sus efectos son letales y la destrucción que provoca parece un castigo para quienes la sufrimos en carne propia…sin embargo los huracanes traen beneficios, por una parte  la gran cantidad de agua que abonan a los mantos freáticos, y por el otro dan motivos a quienes tuvimos la oportunidad de vivirlo, para humanizar las conciencias de aquellos, que se han olvidado de su función conciliadora con la naturaleza en general y con el propio ser humano.

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