Paulina.
De
las peores experiencias, fue la vivir en carne propia la furia del huracán
Paulina, diferentes fuentes coinciden es describir el fenómeno como un huracán que tocó tierra en el sur de nuestro país a principios de octubre de 1997 siendo uno de los más mortíferos, destructivos y
costosos durante la segunda mitad del siglo XX. Paulina
fue la decimosexta tormenta tropical, octavo huracán y el séptimo huracán
mayor que se formó en la temporada de huracanes en el pacífico sur en 1997. Fue el tercero más intenso de dicha temporada.
Paulina
se originó de una onda tropical el 5 de octubre a
410 km al sur-suroeste de Huatulco, Oaxaca.
Inicialmente tuvo un desplazamiento con dirección hacia el este, pero luego
giró hacia el nornoroeste. Durante el día 7 de octubre, Paulina registró su máxima intensidad
alcanzando la categoría 4 en la escala de Saffir-Simpson con
vientos de 215 km/h y
rachas de hasta 240 km/h. Para la tarde del día 8, tocó tierra en Puerto Ángel, provocando
serias afectaciones en la costa de ese estado. La madrugada del 9 de octubre, se internó en el estado de Guerrero dejando
al puerto de Acapulco prácticamente
devastado. Paulina se disiparía en las primeras horas del día 10 en el estado
de Jalisco.
Paulina
produjo una torrencial precipitación récord de
411.2 mm acumulados
en menos de 24 horas. Las
inundaciones, crecientes de los ríos y deslaves afectaron severamente una de
las regiones más pobres de México dejando
entre 230 a 400 personas muertas. Cerca de 300 000 personas quedaron sin
hogar y se registraron daños por $ 7,5 mil millones de USD, 80 mil millones
de pesos ,
$9,3 mil millones (2006 USD), lo que lo coloca en el décimo puesto de los
desastres naturales más devastadores de México. Así han quedado asentados los datos históricos de Paulina en diferentes medios.


Recientemente había
invitado a mi cuñado Víctor a integrar la banda de guerra del CBTis núm. 231,
en donde fungía como director, vivíamos en la planta alta de la casa en Puerto
Ángel, y diariamente viajábamos a Santa María Huatulco. El día anterior al
huracán estuve trabajando hasta muy tarde en el plantel, no sin antes emitir
una alerta entre la comunidad escolar, informando sobre la peligrosidad del
huracán que se aproximaba; aún más decidí suspender actividades de acuerdo con
mis superiores. Por lo que dispuse llegáramos un poco tarde a trabajar, ya que
no habría alumnos ni personal. Ese día martes 7 de octubre de 1997, amaneció
muy nublado y el horizonte en el mar se apreciaba obscuro, se observaba también
un oleaje alterado en la playa, aunque había una leve brisa marina.
Uno de los
principales rasgos del raciocinio lo constituye el aprendizaje, sin duda como
sociedad no habíamos aprendido de la naturaleza, no existían en la comunidad sistemas
de alertas contra huracanes y otros fenómenos pronosticables, pensé que había
sido muy precipitado suspender clases, sin embargo era evidente que se acercaba
algo grande. En el Puerto ya nadie se acordaba de los efectos de un huracán, de
hecho no existen registros cuando fue el último, algunas personas del pueblo
refieren que hace 80 años toco tierra un fenómeno de estos, sin embargo nadie
tomo las precauciones debidas a la falta de alertas y Paulina nos tomó por
sorpresa a todos, incluyendo al personal de la Marina, quienes perdieron el 90%
de sus pertenencias, ya que el cuartel se encuentra muy cercano a la playa
principal.


La brisa marina
tenue, muy rápidamente se fue convirtiendo en un viento que aumentaba de
velocidad potencialmente. Me percaté de que las tapas de los tinacos volaron
por los aires, y las palmeras empezaron a inclinarse levemente, no así las
golondrinas del mar quienes parecían disfrutar de ese viento que cada vez se acrecentaba
más.
Algunos vecinos que
pasaban por la calle comentaban que este tipo de eventos son frecuentes y
normales, tal vez un poco fuera de temporada, pues ya estábamos en octubre y la
época de lluvias había terminado. Posiblemente el mayor error de muchas
personas fue restarle importancia a un verdadero problema, se confiaron al
grado que continuaron con sus tareas cotidianas, observé a niños jugando en la
calle minutos antes de que llegara el huracán, señoras que realizaban sus
actividades domésticas de manera indiferente.
Al medio día, entre
bromas y chascarrillos, decidimos no salir, nos refugiamos en el interior, un espacio que hacía las veces de sala. Aunque
la casa es segura, pues está firmemente construida de concreto, inclusive las puertas
y ventanas son de caoba y guanacaste,
empezamos a sentir los efectos del viento y la fuerte briza marina,
escuchamos ruidos muy intensos en el exterior, no tanto de las ramas que se
desgarraban, más aún del propio huracán, que rugía como una bestia de aquellas
que se describen en la mitología griega, llegó un momento en que no se escuchaba
bien las palabras o mejor dicho los gritos de Víctor.
Conjuntamente con la
intensidad de ruido, el cielo se fue ennegreciendo hasta quedar completamente
obscuro, obviamente la energía eléctrica falló y solo quedo la sensación de que
Víctor estaba cerca, porque podía tocarlo, ya que estábamos hombro a hombro
empujando una de las ventanas que parecía se abriría por la fuerza del viento,
no se trataba de una fuerza constante, hubo momentos con mucha intensidad,
ráfagas que se estima llegaron a los 300 kph, una de esas ráfagas arrancó una
de las puertas y se la llevó hecha pedazos.
Fue entonces cuando
inició la verdadera incertidumbre y conocimos el color del miedo, pues los
rugidos se hicieron aún más intensos sin la puerta, que nos había protegido
durante los primeros momentos del embate. Rezamos aunque no teníamos el hábito,
fueron muchas veces que repetimos el padre nuestro, cada vez diferente. Le pedí
a Víctor que se pasara a la recámara adyacente, que yo sostendría un momento más la ventana.
Aunque en realidad nada podíamos hacer en ese espacio sin la puerta.
Era evidente que las
cosas se complicaban, había mucha confusión y objetos pasaban volando muy cerca
de nuestras cabezas. En ese momento, me llené de angustia al recordar que Dumbo
no lo había visto en los últimos minutos, estaba seguro que el huracán lo había
llevado al igual que la puerta, casi lloraba o mejor dicho llore de angustia
pues jamás volvería a verlo, para esos momentos el ambiente en esa recámara era
increíblemente cruel, sobrevolaban en la obscuridad una infinidad de objetos y
el ruido era extremo.
Dumbo me había
acompañado durante muchos años y fue un regalo especial, fue también un buen perro, cruza de labrador y Bull
terrier, amable, educado, protector y muy obediente. Aprendí a cuidarlo pues
fue mi primera mascota, lo alimentaba muy bien y le proporcioné todas las
vacunas y tratamientos sugeridos por el veterinario, muchas veces me acompaño
al plantel en donde dormitaba tranquilamente bajo mi escritorio, mientras yo
atendía asuntos propios de la dirección.
Cuando bajaba a hacer
sus necesidades fisiológicas, los alumnos le llamaban por su nombre y le
invitaban bocadillos y golosinas. Al parecer nunca ocasionó molestias, ya que no recibí queja alguna y por el
contrario, algunas personas se mostraban admiradas al ver como viajaba en mi
auto en el asiento delantero.
Mientras la angustia
me envolvía por el paradero de Dumbo, una fuerte ráfaga desprendió de una sola
pieza la ventana, y me lanzó por los aires algunos metros para estrellarme
contra la pared de enfrente, por unos instantes pensé que eran mis últimos
momentos, el golpe fue muy fuerte y a pesar de ello no perdí la consciencia, ni
tuve lesiones de gravedad. El ruido del desprendimiento de la ventana, mis
gritos y el golpe de pared, hicieron que Víctor abriera la puerta de nuestro
último refugio y me tomara de un pie, justamente cuando era arrastrado
prácticamente hacia afuera. Aún confundido por el golpe, pude asirme al marco de puerta y facilite el rescate,
cerramos rápidamente, colocamos los seguros y empezamos a defender la ventana
de ese dormitorio, con la misma técnica, hombro a hombro, empujar y rezar.
Por largos minutos
nadie habló, las paredes se estremecían como si estuvieran bajo los efectos de
un sismo de seis o siete grados, fue una sensación de total destrucción, ya no
sentíamos los machucones en las manos, cuando las ventanas se abrían y cerraban
a voluntad del huracán.
Las paredes en
realidad se movían y crujían siniestramente, aún así la cama se mantenía en su
lugar, sentimos mayor angustia porque la obscuridad era mayor, quizás ya habían
pasado algunas horas, posiblemente serían las cinco de la tarde cuando una
fuerte ráfaga, abrió completamente la ventana, rompió los seguros, nos lanzó al
piso con mucha violencia, la recamara se
convirtió en un infierno, perdimos por completo el control, el colchón giraba por la recamara al igual que otros muebles, considero fue el peor
momento de esta historia.
Después de
recuperarnos del golpe, retomamos nuevamente el control y cerramos la ventana,
era muy notable el cansancio, sin embargo nos mantuvimos firmes ante los
embates de Paulina. Sabíamos que después de esa ventana el refugio estaba
destruido, el viento nos acabaría y sin duda pasaríamos a formar parte de las
estadísticas de los 500 fallecidos aproximadamente.
Sin previo aviso,
todo regresa a la calma, parecía el despertar de una pesadilla, inclusive se
observó con claridad el sol, lucía muy resplandeciente. Motivo por el que
decidimos abrir la famosa ventana y…efectivamente ahí estaba el sol, Víctor
casi saltó de alegría al observar todo tranquilo, esa relativa calma nos
permitió ver que a unos 400 metros aproximadamente la destrucción seguía,
aunque ninguna persona se hacía notar, era obvio que paulina nos daba algunos
instantes de tregua aparente.
Pudimos observar un
tapiz natural de hojas verdes al interior de la casa, muy tupido y totalmente
adherido al techo, paredes y piso. Nuestros cuerpos también llenos de hojas,
mojados y un sabor a sal del mar. Toda el agua que inundaba la casa era del
mar. También en completo desorden, nada absolutamente en su lugar, solo me
refiero a la recamara que teníamos por refugio, no tuvimos tiempo de revisar
otras partes, ya que descubrimos que estábamos en el ojo del huracán, que
teníamos instantes para reacomodarnos y continuar la defensa. Así fue, casi de
inmediato regresan los violentos embates de Paulina, ruidos estruendosos y
obscuridad total.
Por fortuna después
de pasar por el ojo del huracán, restaron al menos 45 minutos cuando regresó
nuevamente la calma, tuvimos mucho miedo de salir, sabía perfectamente que un
huracán no tiene una dirección definida, puede regresar sin previo aviso. Ya
casi anochece cundo escuchamos que algunas personas a gritos me solicitan
auxilio en la calle, son los vecinos que habían perdido por completo sus casas,
venían llorando, jalando a sus hijos pequeños de la mano, muchos perdieron
hasta la ropa que llevaban puesta, preguntaban también por parientes, amigos o
conocidos que se habían extraviado, sin duda estaban desesperados por ayuda.


Dejamos atrás los miedos y empezamos a
brindarles el apoyo que requerían con urgencia, les conteste ¡abran el zaguán y
pasen por favor! Aún entre la angustia sonrieron pues ya no había zaguán,
algunos árboles y el bambú, bloqueaban la entrada, por lo que iniciamos el
trabajo descombrando, por fortuna un señor traía consigo un machete. Parecía
que también la calle se había perdido, casi ningún árbol quedó en pié, las
palmeras que se consideran muy resistentes al viento, sucumbieron durante los
primeros minutos.
Cuando algo malo
sucede en nuestras vidas, es imprescindible aferrarnos a lo que sea para
mantener el ánimo, a veces a los recuerdos si no hay más. Pero el motivo en
este caso fue Dumbo, quien apareció debajo de algunos escombros, moviendo la cola corrió a lamerme la mano, me dio incontables vueltas y
era muy notable su alegría, nos reencontramos y
pensé que casi nada estaba perdido, ahora a brindar la ayuda a estas
personas. Aún temblando de miedo, con hambre, sed y frío pero vivos, que mayor
motivación ante esta desastre y destrucción.
Del poste de la CFE,
colgaba siniestramente el transformador,
un solo hilo lo detenía, se mecía
y el ruido que provocaba, infundía mayor temor, también entre las ramas se
encontraban enredados los cables de energía eléctrica, naturalmente nadie se
atrevió a comprobar si conducían corriente aún. Todos coincidimos en que lo
urgente era encontrar refugio, nada importo el transformador en la calle.
Instalé a las 12 o 15
personas en las recamaras de la planta baja, los niños lloraban y una señora
comento “los está chingando el hambre”, razón por la que subí a buscar algo de
comida, encontramos un poco de leche en polvo y algunos pedazos de pan tostado,
utilizamos agua de la cisterna pues Paulina se llevó casi todo, incluyendo los
botellones de agua, quise al menos calentar el agua, pero el tanque de gas
estaba desprendido, fue tan grande la fuerza de este fenómeno que el tanque
voló por los aires prácticamente.
Esa noche, los niños
tomaron la leche fría, no de buen gusto pues argumentaban tenía mal sabor, ¡no
hay mas, la tomas o te chingas! Gritaba una señora. Fue imposible calentar
algo, todo estaba mojado, no habían cerillos, encendedor, leña, papel, nada que
sirviera para hacer una fogata. Por un momento pensé en ir a la tiendita,
comprar al menos cerillos, galletas, agua, lo básico para pasar la noche, sin
embargo la tiendita ya no existía mas, también se perdió por completo. Cuanto diéramos por un cafecito,
insistía Víctor. Aunque deseábamos más comida que café, hacía frío. Se creó un
ambiente de hermandad cada refugiado contaba su aventura con Paulina. Muchos
perdieron todo lo que tenían, inclusive familiares que les arrebato el huracán.
Camine hacia la
carretera con la esperanza de que alguien ayudara, quería compartir mis miedos
y angustias con alguien, quería preguntar cómo están las cosas mas allá de mi
casa, tal vez ayudar, sin embargo todo está completamente en silencio,
curiosamente ni los grillos emitían su clásico canto, ni siquiera un perro, un
gato, nada… todo desértico. Retrocedí y al llegar nuevamente a la casa, todos
estaban contagiados nuevamente por el pavor, no sé quien inventó que regresaría
el huracán, que mataría a todos, las mujeres lloraban al igual que los niños;
les pedí calma, puede ser cierto que regrese pero nadie puede asegurarlo, ni
siquiera había radio, teléfono, mucho menos internet, el celular no existía
para nosotros, ni para la mayoría de mexicanos.
Entre la obscuridad
iniciamos una reconstrucción del escondite, la planta baja la acondicionamos
con pedazos de madera y algunos colchones mojados, nadie podía ocultar el miedo,
yo insistía en que Paulina naturalmente sigue una trayectoria, no puede
mantenerse estable en un solo lugar por mucho tiempo, pero si reconocí que podría regresar, por lo
que era necesario protegerse y mantenerse despiertos y tranquilos.
Ya en penumbras subí
a la planta alta… tenía mucha hambre, recordé que un poco de leche en polvo
había quedado dispersa, podría recogerse y preparar un buen vaso, sin importar
la falta de azúcar ni el agua fría de la cisterna, así fue, una vez preparada
empecé a saborearla ¡imposible! Eso no era leche, era harina, con razón los niños se resistieron
antes de tomarla.
Fue imposible dormir
esa noche, mucho miedo, todo húmedo, hambre, sed y una terrible pestilencia,
pues debido a la incertidumbre del regreso de Paulina, defecaron los más
valientes a escasos metros de la puerta, los demás adentro de la habitación. No
resistí más y pase el resto de la noche en la terraza, dormitando por momentos
hasta que el sol apareció levemente en el horizonte lejano.
Desperté a Víctor y empezamos la limpieza y la
búsqueda de alimentos y agua limpia, mientras las personas que hospedamos se
retiraban buscando su destino entre los escombros que el huracán había dejado,
sentí mucha tristeza por ellos, sin embargo nada podía hacer, si no restablecía
primeramente mis necesidades, en estos casos hay que ayudar sin que duela, bajo
la condicionante de que debes estar en condiciones de hacerlo, es decir debes
procurar primero por ti y después ayudas, parece un buen principio de
supervivencia.
El Servicio
Meteorológico refirió que “la cantidad exacta de muertes era desconocida. Un día
después de la tormenta se confirmaron 123 muertos. Por otra parte, un reporte emitido por
el Departamento de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas dio a conocer un
total de 137 muertos a tres días de la tormenta. Cuatro días después del paso del
huracán, un reporte de noticias de Reuters declaró que había 173 muertos con
aproximadamente 200 desaparecidos, mientras
el Gobierno Mexicano emitía un reporte de
149 muertos. Por su parte,
reportes de los medios de comunicación indicaron que había una cifra de muertos
de por lo menos 230 personas, mientras la Cruz Roja estimaba un total de
400 muertos y por lo menos 1900 desparecidos. El
Servicio Mundial Eclesiástico estimó por lo menos 500 personas muertas”


En
Puerto Ángel transcurridas muchas décadas, aún no se determina el número exacto
de víctimas, parece que nunca se conocerán los datos exactos, muchas familias
completas desaparecieron, principalmente las más humildes, quienes no tienen
presencia en el complejo umbral de la supuesta sociedad, y no tuvieron una
vivienda si no digna por lo menos resistente.
Después
de sobrevivir a esta experiencia, reflexiono sobre la susceptibilidad que nos
identifica a los seres humanos. ¿En realidad somos la especie más poderosa o la
más susceptible del planeta? Parece que hace falta clarificar, aún más el
concepto del poder del hombre en la tierra, sin duda este poder no siempre implica el dominio y la
manipulación de las cosas, de la naturaleza, del prójimo. Más aún considero que el poder del ser humano
debería enfocarse en un primer plano hacia el control de sus impulsos internos,
de sus pensamientos, de su intelectualidad y así potenciar sus recursos hacia el respeto a
todo lo que le rodea.
No
existen palabras que describan el estar bajo el dominio de un monstruo como
este, es muy cierto que sus efectos son letales y la destrucción que provoca
parece un castigo para quienes la sufrimos en carne propia…sin embargo los
huracanes traen beneficios, por una parte
la gran cantidad de agua que abonan a los mantos freáticos, y por el
otro dan motivos a quienes tuvimos la oportunidad de vivirlo, para humanizar
las conciencias de aquellos, que se han olvidado de su función conciliadora con
la naturaleza en general y con el propio ser humano.

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